
Aunque casi nonagenario de edad en el registro deportivo, el Alavés volvió a nacer ayer en Vigo y a partir de ahora el 15 de junio será también su cumpleaños. La fecha donde con esa angustia indescriptible de un minuto final sobre el césped, después ya del 2-3, y encadenado al transistorevitó un descenso de consecuencias macabras. El desenfreno festivo, entreabierto con la remontada y descorchado con el resto de resultados, se desató entonces entre una muchedumbre albiazul por fin recompensada. «Yo también estuve allí», relatarán los seguidores dentro de unos años. Hasta Balaídos y después de una temporada calamitosa, había llegado el cuadro albiazul con pulso gracias a una remontada sobrenatural en Mendizorroza que evitó el ocaso del mejor ciclo de su historia. El que gracias al feliz desenlace del epílogo liguero se extenderá ahora a catorce temporadas consecutivas en el fútbol profesional. Obrado ante la Real Sociedad el gran e inolvidable milagro, que canonizó a Toni Moral en un bendito descuento, sobre el césped gallego y en plena esquizofrenia radiofónica acabó una campaña desquiciante. Porque tras la ucraniana herencia concursal, momentáneamente contrarrestada por quince días de tómbola alavesista, el horizonte se despeja después de ceñir sobre el futuro del club nubarrones que al fin descargaron con toda su potencia en Cádiz. Al esfuerzo final de una plantilla justa de calidad, huérfana de carácter y que durante demasiados meses pretendió sobrevivir en esta competición sin pisar los charcos, contribuyó el emocionante soplo de una afición que ha resurgido cuando su equipo lo necesitaba. Junto a experiencias viajeras terminales más o menos afortunadas como Elgoibar, Sant Andreu, Jaén, Sestao, Ipurua, por supuesto Dortmund, y Elche, el sello vigués se adjunta en el pasaporte para las correspondientes inspecciones de aduana albiazul.
1-0 y desesperación
A un partido a vida o muerte el Alavés entró con el ritmo de un solteros contra casados. Agarrotado por los nervios, completamente perdido el rumbo táctico y a merced de un Celta que simplemente dejándose llevar por la inercia se presentaba con facilidad en el área de Bernardo. Salmerón se había empeñado de nuevo con Gaspar por delante de los centrales y el dibujo, con Sergio por la derecha, hacía aguas. Adrián y Aganzo eran auténticos islotes ante la incapacidad alavesista para mover la pelota con cierto criterio en el aspecto ofensivo. De tanta desorientación nació el primer tanto local, que parecía dejar al Alavés ante otro muro insalvable. Núñez aprovechó un contragolpe por la banda, sirvió al corazón del área y Canobbio, sólo entre varios defensas alavesistas, cazó una volea letal. Abatido y sin la más mínima capacidad de reacción, los problemas se acentuaban desde la distancia. Albacete, Cádiz y Córdoba tomaban ventaja y dejaban la permanencia a obligado tiro de remontada y con el resultado del Xerez como única tabla de salvación. Ante los problemas de Gaspar, Salmerón dio entrada a Gabri, que al igual que Jairo, han acabado la temporada con una marcha más que sus compañeros. No hubo siquiera atisbo de reacción, en cualquier caso hasta el descanso. Más bien puro pánico ante la evidencia de un adversario que, lastrado por su indolencia, pero apoyado en su incuestionable calidad, amenazaba con un definitivo 2-0.
Aganzo, Gabri y Toni
Despertó levemente el Alavés tras el paso por el vestuario y con una entregada afición alavesista que respondía a gritos ante los tantos del Hércules y la Real Sociedad que dejaban todo en manos alavesistas. Acostumbrado por obligación al toque de corneta -segunda remontada decisiva en siete días-, el técnico alavesista volvió a ejecutar el doble cambio de Miguel Pérez y Jairo. Bendito remedio que transformó a un Alavés que hasta el minuto 65 no había dispuesto de una ocasión de gol. Pero Aganzo volvió cuando más se le esperaba. A poco más de 25 minutos de la Segunda B el madrileño volvió a ejercer de cazagoles. Endosó el empate a Esteban cuando todavía existía mucho tiempo. El Alavés volvía a la vida y el Celta, abroncado por su público, seguía sin aparecer sobre el césped. Más bien desapareció ante un equipo vitoriano crecido y otra vez pleno de precisión. En tres minutos, un margen similar al del pasado domingo, embocó todo lo que llegaba. Nuevamente Aganzo, que en esos minutos amortizó su floja segunda vuelta, logró recibir en profundidad y colocar un centro milimétrico al segundo palo. Allí apareció Gabri, que junto a Jairo y Toni Moral llevan ya el nombre de los goles de la permanencia. Gabri colocó el 1-2. Y Toni Moral, con una falta perfecta en el momento más oportuno, sacó los nervios de Balaídos para trasladarlos a cientos de kilómetros, donde las ondas radiofónicas transmitían taquicardia aguda. Doce minutos por disputar y la mente lejos, muy lejos de Vigo. En Alicante y Anoeta, donde Hércules y Real Sociedad apoyaban los intereses albiazules. Ni el 2-3 de Jorge en el descuento quebraba ya la convicción de que el partido se jugaba en otra parte. Con el pitido final apareció una de esas situaciones críticas. Grupos de jugadores albiazules dando rodeos y esperando el final de otros partidos. Angustia, alegría contenida, llanto irremprimible que brotó por un Alavés de Segunda.






